No creo en los milagros. Pero confieso que tengo la incómoda sensación para una verdadera escéptica que se precie, de que alguna mano mágica hay detrás del hallazgo de los 33 mineros vivos en Copiapó.
Y arrastro hace unos días además un impulso de sentarme a hacer un comentario antes de que mi casi aceptación de esa posibilidad mágica se desvanezca, y retome mi escepticismo característico.
Me niego a apurarme en pensar, en decir, antes de que las palabras ya no tengan sentido. Debería negarme a pensar que todavía todo puede pasar.
¿Qué cosas podrán pasar por la cabeza de un hombre que se queda durante meses atrapado en la oscuridad de la profundidad de la tierra? ¿En qué se piensa? "Tenemos muchas ganas de lavarnos los dientes" fue una de las primeras cosas que dijeron estos chicos cuando pudieron comunicarse con "el exterior". Tal vez los pensamientos sean mucho más cotidianos, simples, prácticos.
Al principio. Y cuando pasen los días...
Todavía han tenido suerte, la tecnología es impactante: conversan con sus familias, les mandan comida, y yo, desde mi escritorio en España, les conozco los rostros a quienes están a 800mtrs. bajo la tierra en Copiapó. Se los ve organizados, intentado diferenciar el día de la noche (¡que cuestión tan simple puede desestabilizarnos!), esforzándose por no flaquear.
Hoy me gustaría creer en los milagros. Y tener fé.
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